Capacitan a estudiantes secundarios sobre alimentación saludable
La información sobre alimentación es abundante en la actualidad y podemos ver mensajes sobre qué comer, qué evitar o qué “superalimentos” podrían mejorar nuestra salud. Sin embargo, en esta sobreexposición informativa muchas veces falta lo más importante y es comprender la ciencia que hay detrás de los alimentos. Frente a este escenario, docentes e investigadores de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA desarrollaron un proyecto de divulgación para promover una alimentación saludable en colegios secundarios y despertar el interés de los estudiantes por la ciencia, según un informe al que accedió la Agencia Noticias Argentinas. La capacidad de analizar, comparar y evaluar críticamente esa información es parte de lo que se conoce como alfabetización científica y este concepto implica no solo conocer hechos científicos, sino también comprender cómo se construyen los conocimientos, cuáles son sus límites y de qué manera se relacionan con la vida cotidiana. Con este propósito, un grupo de docentes/investigadores de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires desarrolló el citado proyecto en una propuesta que surge como respuesta a la necesidad de acercar la ciencia a la comunidad, especialmente a adolescentes y jóvenes, y de formar profesionales universitarios capaces de comunicar su conocimiento de manera clara, responsable y comprometida. Cómo se elaboró la propuesta “A partir de esta premisa se elaboró una propuesta que permite promover el intercambio entre la universidad y la educación secundaria. El diseño integral de las actividades se construyó bajo el concepto de diálogo de saberes. Por un lado, los docentes y estudiantes universitarios de Farmacia y Bioquímica aportan sus conocimientos en ciencia y tecnología de los alimentos”, sostuvo Graciela Calabrese. Calabrese, quien es bioquímica y doctora de la UBA, profesora asociada a las cátedras de Biología Celular y Molecular del Departamento de Ciencias Biológicas, añadió: “Por otro lado, los estudiantes secundarios comparten sus percepciones, dudas y experiencias sobre lo que consumen día a día”. “De ese intercambio surge un aprendizaje compartido que va mucho más allá de la transmisión unidireccional de contenidos: se trata de construir sentido sobre los alimentos desde la práctica y la reflexión conjunta”, expresó la especialista. Junto a ella las doctoras Laura Beatriz López, Carola Greco y Carolina Cagnasso coordinan esta experiencia, que involucra diferentes áreas del saber: biología celular y molecular, bromatología, farmacobotánica, fisiopatología, química biológica y química orgánica 1 y 2. La actividad se desarrolla a través de talleres experimentales que se realizan en escuelas secundarias de CABA y de la Provincia de Buenos Aires, o bien en los laboratorios de la Facultad. Cada jornada tiene una duración de cuatro horas y se organiza en un sistema de estaciones de trabajo, en las que pequeños grupos de estudiantes rotan para realizar diferentes experiencias. Esta dinámica permite mantener el interés, fomentar la participación y promover la interacción entre los participantes. Cuáles son las temáticas que se abordan Las temáticas abordadas son diversas y apuntan a conectar la ciencia con la realidad cotidiana. En las estaciones se estudian, por ejemplo: La genuinidad y el estado de conservación de productos cárnicos, lácteos y farináceos. La interpretación del rotulado nutricional frontal. La extracción de ADN a partir de frutas y su relación con la biotecnología. La observación microscópica de especias como pimentón y orégano, para detectar adulteraciones. El uso de indicadores de pH y su aplicación en la conservación de alimentos o la producción de carne cultivada en laboratorio, un tema que despierta enorme curiosidad entre los adolescentes. “Cada experiencia está diseñada para promover la observación, la formulación de hipótesis, la experimentación y la elaboración de conclusiones, pasos esenciales del pensamiento científico, pero, sobre todo, se busca mostrar que la ciencia no es un conjunto de fórmulas abstractas, sino una herramienta para entender y mejorar aspectos concretos de la vida diaria, como lo que comemos y cómo lo elegimos”, afirmó Calabrese. Los estudiantes secundarios, destinatarios principales del proyecto, también se convierten en protagonistas de su propio aprendizaje. Al manipular materiales, observar reacciones o comparar resultados, desarrollan habilidades de pensamiento científico: observar, registrar, inferir y comunicar. El impacto de este tipo de proyectos va más allá de los resultados inmediatos. En los estudiantes secundarios, fomenta la curiosidad científica, la valoración del conocimiento y la posibilidad de imaginar una futura carrera en el campo de las ciencias. En los universitarios, fortalece competencias transversales como la comunicación, el trabajo colaborativo y la responsabilidad social, pero también hay un efecto multiplicador: los adolescentes que participan en los talleres comparten lo aprendido con sus familias y amigos, contribuyendo a una mayor conciencia social sobre la alimentación saludable y el pensamiento crítico frente a la información alimentaria. “En un contexto donde la desinformación y las noticias falsas sobre alimentación se propagan con facilidad, este tipo de experiencias se vuelve indispensable”, dijo la educadora argentina María Nieves Tapia. En ese sentido, agregó: “Promover la alfabetización científica, enseñar a leer una etiqueta o a interpretar un experimento simple son formas de empoderar a las personas para que tomen decisiones más informadas y saludables”.





